Cuerpo de Madre

Escrito por: Vanessa
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Lo único que separa a la mujer que eres de la mujer que quieres ser, eres tu misma. 

Y así, una tarde te acuestas a tomar una siesta y cuando despiertas, tienes 40 años, un esposo, dos hijos, un proyecto de gato, una casa qué cuidar y un trabajo que amas.

No eres la misma, el tiempo no pasa por gusto. Posiblemente el mayor antes y después de la vida se da junto con la maternidad. Hoy tengo más arrugas, la piel más suelta, muchas más canas, un par de marcas de  cesáreas, uñas débiles y mechones que se caen por todos lados (aún), ni hablar peso lo mismo, seguro cambié de talla de jeans un par de veces así como de sostén, y como si fuera la cosa más extraña que me ha pasado en la vida, a los 40, me embarga una ligera sensación de orgullo que hace que sonría al espejo cuando nadie me ve.

Esta es mi vida, llena de batallas perdidas y guerras ganadas. Hoy este cuerpo de madre tiene grandes aspiraciones secretamente movidas por distintas razones a las que tenía 20 años atrás, cuando tenía 20.

Y es que hoy tengo una hija mujer a la que para empezar le encanta escuchar la historia de cómo yo moría por una hija llamada Valentina, y que ella era un angelito en el cielo que Dios puso en mi panza para que se convierta en mi hija preciosa y que ella estaba tan pero tan feliz ahí dentro, que no quería salir, ¡por nada del mundo quería salir! Así que juácate, el doctor tuvo que hacer unos pequeños cortes y entrar a buscarla. ¡Bienvenida Valentina!

Le enseño lo me queda de esa cicatriz y le cuento que es la marca más preciada de mi cuerpo, la que más adoro (junto con la de mi hidrocefalia, para ser justos), la que me cambió para siempre y preparó el camino para que me convierta en esa mujer que siempre quise ser.

Y ella es feliz. Porque sabe que el cuerpo y las marcas, todas las marcas, las del tiempo, las del corazón, las de cirugías, las de las estrías, todas pasan por algo y como manchas de una magnífica tigresa van contando una historia, la historia de cada una.

Enseñarle a mirarse al espejo y que le guste lo que ve. Y enseñarle con el ejemplo, a que yo me mire en el espejo y que a mi me guste lo que veo. ¡QUÉ TAL TAREA!

Dejar de mirarme buscando y detestando mis nuevas patas de gallo y esas ojeras porque tuve que arrullar a Sebastian de 3 a 4 de la mañana, dejar de desear un cuerpo más delgado por el simple hecho de que quiero pesar lo mismo que pesaba a los 19 años, ¡21 años atrás! Lo que quiero es un cuerpo fuerte y sano para poder mostrarles el mundo, correrlo y recorrerlo con ellos. No soy la misma mujer de antes así que 21 años, 5 kilos ó 15 canas más no me hacen menos, en todo caso, me hacen más mujer que nunca.

Este cuerpo de madre me ha enseñado tanto de mi, es casi un templo sagrado que ha parido dos hijos y que ha dado años enteros de teta a diestra y siniestra, a propios y ajenos, ¡cómo no aplaudirme por eso! Cómo no respetar eso. Respeto. Respeto mi cuerpo y estoy comprometida con que Valentina aprenda a respetar el suyo.

Hoy leí algo que brillante: Cuida tu cuerpo, si no, ¿dónde vas a vivir?. Y eso hago cada día, lo cuido y lo quiero. Lo quiero y lo acepto para poder enseñarle a mi hija a cuidar, aceptar y en l camino, amar el suyo. Lo quiero porque es el cuerpo que Dios me dio y sé por experiencia propia lo que es estar a punto de perderlo. Hice un contrato conmigo misma.

He hecho un contrato que me exige alejarme de las culpas, de los si hubiera, de los si podría, de los mírala a ella, de las comparaciones, de los un día tuve, un día pude, que me exige acercarme más a vivir bonito, a darme mantenimiento por fuera y por dentro, que me exige cariño y admiración porque Dios, tengo 40 y he hecho más de lo jamás pensé que podría hacer.

Lánzate al mundo, lánzate a la vida. Lo único que separa a la mujer que eres de la mujer que quieres ser, eres tu misma.

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Comentarios

  1. Hilda

    Siempre te leo, nunca comento. Pero este post es para sacarse el sombrero. Bravo por ti y por lo q transmites!!!y

    Reply

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